Recuerdos de 11S


Mis primeros recuerdos de un "11S" son de 1973. A finales de agosto regresaba de mis primeras vacaciones en España, y tres días antes había cumplido nueve años. Recuerdo la noticia del golpe de Estado en Chile y el suicidio del presidente Salvador Allende. En aquel momento, aún no reconocía a la mano (derecha) de Estados Unidos —el presidente Richard Nixon y el secretario de Estado Henry Kissinger— pero pronto lo aprendería. Tampoco sabía que la CIA tenía un nombre en clave para el plan del que formaba parte el golpe: Operación Cóndor.
En aquel entonces, ni siquiera sabía que cinco meses antes, el 4 de abril de 1973, se había inaugurado el World Trade Center en Nueva York. Pero dos años después, lo vería en el cine en algunas escenas de la que se convertiría en una de mis películas más importantes para mi: Los tres días del Cóndor, protagonizada por Robert Redford y basada en la novela Los seis días del Cóndor de James Grady, un escritor al que tendría el placer de conocer años más tarde. En ese caso, Cóndor era el nombre en clave del protagonista, sin ninguna referencia a las conspiraciones en Latinoamérica. En la novela, la trama giraba en torno a una operación de narcotráfico dirigida por un grupo disidente de la CIA.
En la película de Sydney Pollack (estrenada en Estados Unidos en septiembre de 1975), la conspiración de la CIA, en cambio, involucraba planes secretos para controlar países productores de petróleo, incluido Venezuela (creo que os recuerda algo reciente). El cambio, como me comentó el propio James Grady, fue decisión de Robert Redford, quien, durante la crisis del petróleo, quería hacer referencia a la actualidad. Por no mencionar que, precisamente en ese momento, se estaban descubriendo las maniobras clandestinas de Nixon para espiar a sus rivales políticos utilizando agentes de la CIA, tanto en activo como retirados.
En 1976, Redford protagonizaría la película Todos los hombres del presidente, basada en el extenso reportaje de los periodistas del Washington Post, Bernstein y Woodward, cuya investigación había forzado la dimisión del presidente estadounidense. En Estados Unidos, la gente empezaba a descubrir que los enemigos internos, en la misma Casa Blanca, son tan peligrosos como los externos, si no más. Esto sigue siendo cierto cincuenta años después.

En el verano de 2001, yo estaba escribiento Nightshade - Misión Cuba, la primera novela protagonizada por la sevillana Mercedes Contreras alias Nightshade, una agente "rebelde" de la CIA. La historia trataba sobre un intento de ocupación militar de Cuba para establecer un régimen subordinado a Estados Unidos (puede ser que esto también os recuerde algo); en la novela hacía referencia al golpe de Estado de 1973 en Chile. La hipótesis era que la CIA estaba reabriendo su unidad de homicidios, cerrada durante años, y que alguien la estaba utilizando con fines aún más ilícitos. El panorama general, que desarrollaría en las siguientes novelas de la serie, hasta hoy: un grupo de poder en los EE. UU. tenía la intención de crear una red de regímenes de extrema derecha en América Latina y Europa; quince años después, el mismo plan continuaría bajo el control de la inteligencia rusa, pero para entonces esto era noticia internacional diaria.
Cuando ocurrieron los atentados del 11S... por un momento pensé que la novela que estaba escribiendo estaba desfasada. Luego me di cuenta de que todo tenía sentido. No por casualidad, esa fue precisamente la razón por la que la CIA reabrió su división de homicidios. Incluí en el libro todas las referencias a lo que acababa de suceder. Cuando la novela se publicó en marzo de 2002, era sumamente actual. Pero mi experiencia del 11S, en Milán, había sido muy particular.

Desde el año 2000, trabajaba para Sonzogno (grupo RCS) como consultor editorial y traductor de libros. Entre "mis" autores se encontraba Jeffery Deaver. Dado que en aquel entonces también yo era coorganizador y presentador de un ciclo de eventos literarios veraniegos al aire libre en los jardines de varias bibliotecas de Milán, en colaboración con la editorial invité a Jeff a participar. La velada dedicada a él estaba programada para el 10 de septiembre de 2001. El escritor llegó puntualmente desde Nueva York.
Esa noche en Milán, un viento helado azotó la ciudad y la temperatura bajó doce grados. Jeff suele llenar teatros y salones, pero en esa ocasión el frío disuadió al público de asistir a un evento al aire libre. Para consolar a nuestro invitado, mi novia (de entonces) y yo lo llevamos a un local de moda. Le ofrecì champán por mi cuenta,  antes de acompañarlo de regreso al Hotel Admiral, un lugar frecuentado por escritores italianos y extranjeros y también un sitio habitual para encuentros literarios. Me sentía responsable: yo lo había traído a Italia para una reunión cuyo resultado distó mucho de las expectativas. Esperaba que Jeff estuviera más satisfecho la tarde siguiente, cuando tenía programada la presentación de su último libro en la Libreria del Giallo, una reconocida librería milanesa especializada en novela negra, de misterio y suspense en todas sus variantes.
Al día siguiente trabajé en mi novela y, por la tarde, sin haber tenido tiempo de escuchar las noticias, llegué al hotel, desde donde iría con Jeff a la librería cercana. En la puerta me encontré con Edward, el dueño del Admiral, quien me dijo: «Las Torres Gemelas han sido destruidas. El Presidente de los Estados Unidos está a bordo del Air Force One». Le pedí que repitiera. No estaba bromeando.
Cuando entré, Jeff estaba frente al televisor, en el que CNN estaba transmitiendo las escenas de la destrucción. La escena era similar a la novela de Tom Clancy de 1996, Ordenes ejecutivas: en aquel libro, un avión se estrellaba contra el Capitolio en Washington. Jeff llamaba a Estados Unidos para averiguar si había habido víctimas entre familiares y amigos, en Nueva York o en la otra zona afectada por los ataques. Una vez que se confirmó que todos estaban a salvo, el programa pudo continuar y nos dirigimos a la librería.
Más tarde, mientras íbamos a cenar, hablé con Jeff sobre lo sucedido: predije que Bush Jr. aprovecharía la situación para iniciar una guerra en Oriente Medio, particularmente en Afganistán, con el pretexto de dar caza a Osama bin Laden, quien aún era poco conocido por el público en general. Esperábamos que nadie considerara usar armas nucleares.
Debido a la interrupción del tráfico aéreo, Jeff se quedaría en Italia durante varias semanas. La editorial organizó más presentaciones y cenas para él, así que nos vimos muy a menudo durante esos días. Nunca me guardó rencor por invitarlo a Milán en un momento tan inoportuno que nadie podría haber previsto. Excepto, quizás, el Servicio Secreto de Estados Unidos.

Quizás algunos en la CIA o la NSA habían visto una señal de advertencia (y ciertamente siempre las hay, aunque la mayoría no sean fiables). O tal vez alguien, subestimando la magnitud del desastre inminente, pensó que un ataque podría servir como casus belli para lanzar una campaña militar en Oriente Medio. No tenían ni idea de lo que realmente estaba a punto de suceder. Pero ese y otros pretextos serían utilizados por Bush Jr. incluso en 2003 para la guerra de Irak.
El 11S también fue el punto de partida de la primera gran oleada conspirativa de este siglo. Imagino que este 25 aniversario será una oportunidad para desempolvar algunas teorías absurdas. En lo que respecta a la ficción de espías, se estaba volviendo difícil escribir novelas sobre héroes que salvaban el mundo. Esa fecha sin duda cambió la historia, y también mis historias.

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