La exitosa colección de novela negra y espionaje del excritor italiano Andrea Carlo Cappi publicada en español por la editorial Excalibur Milano, en Amazon.es y Amazon.com a partir del verano 2026.
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La perfección del amor (cuento en español)
Un cuento erótico-criminal, no recomendado para menores de 18 años: "La perfección del amor" formó parte de la antología "Un oceano de por medio" (versión en italiano: Stampa Alternativa, 1999; versión en español: Lectorum, Ciudad de Mexico, 2000), realizada por dos escritores italianos Alfredo Colitto y Giancarlo Narciso, que ya habían vivido en Mexico, juntando escritores de ambos paises.
Mi relato volvió a aparecer en la antología "La donna nel ritratto" (Addictions, 2002), colecciòn de historias breves ilustrada con obras del pintor Carlo Jacono, probablemente el màs grande ilustrador editorial italiano, fallecido en el verano de 2000, del que yo había creado y por varios años cuidado el archivo (arriba: la portada del libro). Hubo también una nueva edición, en digital, junto con dos otros cuentos mios, en italiano y portugués.
La perfección del amor
de Andrea Carlo Cappi
(traducciòn al castellano de Tules Martinez de Hoyos)
Milán, Italia.
Lunes 8 de julio
Verano. Un cúmulo de libros abiertos sobre el escritorio; como denominador común el examen de Mecánica Racional. Innumerables hojas de apuntes e intentos de resolver ejercicios raramente coronados por el éxito.La temperatura sobrepasa los treinta grados. Probablemente oscila sobre los treinta y cuatro, aunque mi termómetro, de fabricación húngara, se obstina en declarar que son sólo veintinueve. En invierno nunca baja a menos de veintiuno y en verano nunca supera los veintinueve: debe haber sido adiestrado por el MVD para señalar siempre una temperatura óptima, so pena de fusilamiento.
En cambio, a pesar del inmotivado optimismo bolchevique del termómetro colgado en mi habitación, tanto la temperatura como la humedad de Milán resultan escasamente compatibles con la supervivencia humana. Y más aún en combinación con la amenaza que conlleva el examen de Mecánica al cual me presentaré regularmente impreparado la mañana del quince de julio.
Lo más sensato en un momento como éste sería estar en una playa tomando el sol (cosa que presumiblemente hacen mis familiares en la amena localidad de Santa Margherita Ligure), mientras yo, en cambio, estoy aquí haciendo girar esferitas imaginarias sobre anillos imaginarios apoyados en planos imaginarios sin que se froten.Los postreros lectores que desde el inicio de mi nuevo diario cotidiano esperen emociones de cualquier tipo están destinados a la desilusión.
Martes 9 de julio
No hay mucho que contar. Hace cada vez más calor. Estoy cada vez más solo hirviendo en esta ciudad. En los últimos días he salido de casa sólo para comprar el pan en la única panadería que todavía está abierta y para comprar el café, elemento indispensable para mantener despierto un cerebro cada vez más propenso a la somnolencia. El resto del tiempo lo paso entre los perversos laberintos de la obra inmortal del profesor Bruno Finzi: Mecánica racional, segundo volumen. Dinámica. O bien, agotado el efecto de la cafeína, echado en la cama con la mirada dirigida hacia un techo blanquecino punteado de mosquitos muertos y escuchando una radio que emite poco más que un indistinto crepitar mezclado con el sonido distante de un aparato televisivo.
Miércoles 10 de julio
Será el calor que hace ver visiones, será que hace casi doce meses que no tengo que ver con una mujer y que a la edad de veintidós años ciertos estímulos juveniles aún no están del todo sosegados, pero tengo la sensación de que lo que vi anoche no se debía a una alucinación erótica.
Es necesario explicar (en el supuesto de que este diario llegara a ser leído por otros) que el conjunto en el que vivo fue proyectado de manera de explotar al máximo la densidad habitacional de cada centímetro cuadrado. Con este propósito, el edificio está unido al conjunto adyacente, de igual altura, con el que hace esquina. Con respecto al patio, la casa en la que vivo forma un ángulo de alrededor de treinta grados con la casa de junto.
Esto implica que, cerca de la unión entre las dos construcciones, las ventanas de una vean casi directamente a las ventanas de la otra. En particular, desde mi recámara y desde la cocina se tiene una visión perfecta de lo que acontece en la cocina y en la habitación de enfrente, esta última acondicionada como dormitorio.Anoche me despertó la luz encendida de la habitación frente a la mia, golpeándome los párpados como un reflector en la obscuridad. Estaba dormitando en la cama, con la luz apagada y la ventana abierta de par en par, embrutecido por la temperatura.
Al incorporarme, me encontré frente a una imagen luminosa y nítida, como proyectada en una pantalla cinematográfica. El espectáculo era para quedarse sin aliento. Veía la mitad superior del cuerpo de una mujer de unos veinticinco años, bellísima y desnuda (al menos de la cintura para arriba). El movimiento rítmico que agitaba su cuerpo, que hacía ondular los largos cabellos obscuros y oscilar los senos de grandes pezones, era fácilmente reconocible, aún si no me era posible ver quién tenía el raro privilegio de encontrarse debajo de ella.
La criatura parecía totalmente abandonada al placer y no se percataba de tener un espectador. Me quedé quieto mirándola, inmóvil, excepto por los hilos de sudor que chorreaban por mi frente. Ella también tenía la piel bañada de sudor pero parecía no hacer caso, más bien, quizás le producía un mayor goce deslizarse la mano sobre los senos brillantes, mientras que con la otra seguía sólidamente apoyada en el cuerpo invisible de su compañero.
Tuve la certeza de que en similares circunstancias también el profesor Bruno Finzi habría examinado la cuestión en términos puramente mecánicos: algo muy parecido al movimiento relativo entre pistón y cilindro, con obvias referencias a la dinámica de fluídos en lo concerniente a la lubricación interna. Del todo ignorante de cuestiones dinámicas, la joven parecía acercarse cada vez más al orgasmo, ya tirándose los pezones, ya haciendo desaparecer los dedos de la mano fuera de mi campo de visión, hacia regiones de su cuerpo con alto índice de sensibilidad.
Extrañamente, la ausencia de su amante en la encuadratura transformaba la visión en algo íntimo entre la mujer desconocida y yo, casi como si el espectáculo fuera una exhibición destinada a mis ojos sedientos de sexo. Naturalmente, era sólo una impresión: se trataba de una pareja que se había metido en la cama con la luz encendida, sin preocuparse de los mosquitos, o de eventuales espectadores.
Pero también es verdad que en un cierto punto tuve la clara sensación de que ella se había percatado de tener público y que había echado una mirada en mi dirección. Tal vez yo era visible en la semiobscuridad, con toda la luz que provenía de la lámpara de su dormitorio. Si así fuera, de cierto la idea no debe haberla molestado, visto que luego de pocos instantes llegó felizmente a su destino y se distendió sobre el cuerpo de su amante, desapareciendo de mi vista por completo. La luz se apagó poco después, dejándome solo, empapado en sudor y presa de una erección de la cual he debido dar cuenta tan sólo a mí mismo.
Jueves 11 de julio
Son pocas las mujeres que puedan interesarse en alguien como yo, siempre encerrado en la casa estudiando. La cantidad se puede aproximar tranquilamente a cero. Para alterar la media no bastan dos tarjetas postales en dos días consecutivos. La primera de Inglaterra, donde reside una muchacha que conocí el verano pasado. Me había invitado a visitarla, pero no tenía con qué pagar el viaje. Este verano encontrará alguien que tomará mi lugar sin gran dificultad, relegándome al olvido.
La segunda postal viene de más cerca, del Adriático, y la manda una muchacha que he cortejado toda la vida sin éxito, como puede constatarse hojeando al azar algunas páginas de mis diarios precedentes. Supongo que también ella se olvida de mi existencia aproximadamente dos segundos después de haber pegado el timbre.En el mundo exterior no hay espacio para quien debe hacer el examen de Mecánica Racional. O si se quiere, en la Mecánica Racional no hay espacio para una vida sexual.
Cuando me inscribí a la Facultad de Ingeniería no tenía bien presente que me habría adherido a una orden monástica con la obligación implícita de la castidad. Por otra parte, a excepción de alternativas que no entran en mi jurisdicción, se trata de un efecto colateral inevitable cuando todos los inscritos a una facultad son del mismo sexo.
Viernes 12 de julio
Mi equilibrio es puesto a dura prueba. De dia me someto a una machacante rutina de estudio interrumpida sólo para la preparación de comidas elementales a base de espagueti, huevos y café (me niego también el vino, en un intento por lograr una presunta lucidez). De noche se me aparece la idea del sexo en toda su belleza. Y en plena actividad. Lo que es peor, ayer tuve la certeza de que le gusta que la miren.
En un cierto momento, para saber si las miradas que lanzaba en mi dirección estaban efectivamente dirigidas a mí, me acerqué a la ventana y me detuve en un punto en el que ya era claramente visible. Le gustaba que yo la mirara. Y yo habría dado no sé qué para poder alargar la mano hasta tocarla. Naturalmente no era posible y las cosas terminaron como la otra noche, a pesar de la misteriosa complicidad que surgió entre ella y yo, como si el amante desconocido tuviera una importancia secundaria.
Si por alguna casualidad aún tenía la sospecha de que se tratara de un sueño erótico a ojos abiertos, hoy he confirmado que verdaderamente existe. La encontré.Estaba mentalmente destruído. Mucho después del mediodía, vi el reloj y me di cuenta que, si no me apresuraba, cerraba el molino de café. En estado de confusión me puse pantalón y camisa y bajé a la calle.
La municipalidad decidió que en estos días el tránsito es un fenómeno irrelevante y decidió dar luz verde a la renovación de los indicadores horizontales, por lo que el pasaje para peatones estaba enteramente ocupado por gente que pintaba las franjas peatonales. Mientras atravesaba la calle, me encontré en el único punto en el que podían pasar los vehículos, en el momento en que el único vehículo circulante llegaba a alta velocidad sin pensar en lo más mínimo en bajarla. El conductor frenó a tiempo, lanzándome una buena dosis de maldiciones.
Al llegar al otro lado me percaté de que alguien había asistido a la escena: era ella, que me veía con la mirada preocupada de sus ojos castaños. Llevaba un vestidito de flores con tirantes y una serie de botoncitos bajo el escote. Me tardé unos segundos en observar este último detalle. Al darse cuenta que la había visto, cambió la expresión, transformándola en sonrisa. Me reconoció.
-Hola – me dijo. -¿A dónde ibas?
-Al café – le respondí.
-Ven, yo te lo invito – propuso ella, cambiando el sentido de mi frase. No me parecía que venía al caso puntualizar. La seguí y ya.
Ella vivía también, obviamente, en el quinto piso. En el ascensor, una máquina lenta que subía a lo largo de una jaula en medio de las escaleras, le tomé una mano. Nuestros dedos se entrelazaron.
–¿Estás sola en casa?- le pregunté.
-Sí.
Empecé a besarla en el rellano, mientras le abría lentamente los botoncitos de adelante del vestido. Liberados los senos que había deseado intensamente mientras la miraba desde mi ventana, le tomé el pezón izquierdo para llevármelo a la boca. Ella se zafó con delicadeza, para abrir la puerta. Fuimos a la cocina, como para seguir el guión de la preparación del café. Casi cargándola en peso, la coloqué sobre la mesa. No opuso la más mínima resistencia cuando le levanté el vestido, descubriendo los calzones, que le quité de inmediato para sentir a qué sabía cuando se excitaba.
El café lo tomamos mucho más tarde.
Sábado 13 de julio
Anoche no la vi exhibirse en ejercicios eróticos con nadie. Hoy fui a comer a su casa (cocina decididamente mejor que yo) y traté de hacerle algunas preguntas: quién es, qué hace, quién es su amante... No obtuve respuesta.
Dice que trabaja como asistente en la universidad, como muchos de los que viven aquí en el barrio de Città Studi, pero no logré descubrir en qué facultad, ni qué había estudiado.
Curioso, para un estudiante desaliñado de veintidos años como yo, hacer el amor con una mujer que podría correr el riesgo de encontrar del otro lado de la cátedra en un examen. Se lo dije.
Ella respondió que, si quiero sacar diez, me lo tengo que merecer. Se levantó de la mesa y se sentó en el sofá, descubriendo las piernas. Traía el mismo vestido del dia anterior, esta vez sin calzones. Antes de que acabara de abrir todos los botoncitos ya estaba dentro de ella.
Domingo 14 de julio
Mañana tengo el examen de Mecánica, pero no me importa. No logro pensar en otra cosa que no sea ella. No sé qué peso tenga yo en su vida, no sé qué papel tenga el hombre con el que se acostaba hasta hace pocos días, pero empiezo a pensar que no me importa nada, mientras pueda tenerla. Adoro su manera de jugar con cualquier situación, enloquezco por su total, liberatoria desinhibición. Después de haber pasado años con niñitas histéricas, frustradas y caprichosas que ni siquiera quieren que las toquen, es hermoso sentirse deseados.
Tengo cita con ella a la hora de la comida. Cuando le dije que tenía un diario y que en las últimas páginas he escrito sobre ella, insistió en que se lo dejara leer. Yo se la devolví diciendo que la próxima página la escribiría en su presencia, anotando cada detalle.
-Los hombres son infieles- afirma, haciendo caer uno de los tirantes. –Son inconstantes. Están siempre dispuestos a traicionar por un capricho, para exhibir su virilidad. Para demostrarse algo a sí mismos, más que a cualquier otro.
Se quedó de pie, con sólo unos calzones de encaje negro, a tono con los largos cabellos sueltos. Yo sigo escribiendo, sorbiendo una copa de vino blanco frío.
-Lo he intentado sola, pero no me basta – dice, deslizando los dedos bajo el elástico por un instante. Luego se sienta. – He intentado también con las mujeres – hace un guiño y se quita incluso la última prenda de vestir – pero decididamente no es lo mismo. Y tampoco se puede confiar en ellas. – Su mano acaricia despacio el interior de los muslos y se desliza hacia arriba. – He probado todas las variaciones posibles, pero he encontrado una sola manera de alcanzar la perfección del amor.
-¿Sería?
-Acércate, tal vez te lo digo.
Dejo la pluma.
Se quedó dormida en el sofá. Me levanté y, sin siquiera volverme a vestir, me puse a pasear por la casa. Desde las ventanas alcanzaba a ver las ventanas de mi casa. Me vino la curiosidad de ver mi habitación desde su punto de vista. Desde la cama en la que se dedicaba a los abrazos nocturnos. Abrí la puerta de su dormitorio. Nunca me había dejado entrar y sólo en aquel momento comprendí por qué.
Su fantasmagórico amante todavía estaba allí. Cubierto por una sábana que seguía la línea del cuerpo, con una protuberancia inequívoca y grotesca a la altura de los genitales. Me acerqué y aparté la sábana: la mirada del hombre era vítrea, la piel gélida, casi de cera. Un maniquí de carne, un cadáver perfectamente embalsamado. La mujer por la que enloquezco...
(frase ilegible)
-Lo encontraste – dijo, apareciendo desnuda en la puerta. – Como te decía, la perfección del amor. Ninguna traición, ningún pensamiento dirigido a otra mujer. Era una esposa feliz, hasta hace unos días, cuando me di cuenta que sentía mucho más placer si tu participabas también. Empecé a desearte y tuve que dejarte entrar en mi vida.
-Estás loca.
-¿No has sentido placer conmigo? ¿No has sido más felíz que con cualquier otra mujer? Pero de un momento al otro te cansarás de mí, desearás alguna otra y tratarás de destruir mi equilibrio. A menos que se detenga este instante de perfección.
Se me acercó. Comenzaba a sentir escalofríos, a pesar de la temperatura. Traté de ir hacia la puerta pero ella se me echó encima. Descubrí que no tenía fuerza suficiente para reaccionar y me encontré con la espalda contra la pared, atrapado en la prensa de sus brazos.
-Eres mìo, vas a ser mìo para siempre – la oí decir, con una voz que sonaba lejana, tranquila. –Te puse un somnífero en el vino. Vas a dormir y después ya no sentirás nada. No sentirás ningún dolor. Y podremos hacer el amor todos los días.
Le di un cabezazo en la frente, luego la empujé contra el espejo, con violencia. Ella se golpeó la cabeza, mientras el vidrio se desintegraba en minúsculos fragmentos. Se desvaneció en el piso, la piel desnuda punteada de pequeñas astillas de vidrio que dibujaban en su superficie un leve retículo de sangre.
Hiriéndome los pies con los vidrios, salí del dormitorio y descubrí que me costaba trabajo moverme. La cabeza me daba vueltas. Al contrario de lo que dijo ella, no tengo sueño, pero siento que me paralizo gradualmente. No logro caminar. Tampoco siento dolor en los pies...
(frase ilegible)
Tengo frío. Tomé el diario y la pluma de la mesa para escribir estas palabras. Tengo las piernas entorpecidas, pero los brazos y las manos funcionan todavía. Si me arrastro hasta el balcón de la cocina, puedo lanzar el diario hacia una de mis ventanas. Si alguien viene a buscarme, lo encuentra y lo lee, quizás...
(frase ilegible)
Debo apresurarme. Oigo ruido de vidrios en el dormitorio. Está volviendo en sí...
Lo que han leído ustedes es el texto del diario encontrado en la casa de la profesora Rosalía Guerrieri, de sesenta y seis años, que se suicidara en Milán hace algunos días. La mujer, docente del departamento de química del Politécnico de Milán, vivía sola en un apartamento de la zona Cittá Studi.
Al no tener noticias de ella por varios días, dos de sus colegas se dirigieron a la portería del edificio para que se les abriera la puerta de la casa. En el interior del apartemento se encontró a la mujer muerta desangrada, con las venas cortadas. En la cama junto a ella yacían los cuerpos sin vida de dos hombres. Los dos cadáveres, ambos desnudos y perfectamente embalsamados, pertenecen a un hombre de cuarenta años y a un joven de una edad aparente de veinte años.
Gracias a algunos documentos hallados en un cajón, los investigadores han identificado al primero como Giampaolo Coretti, nacido en Roma en 1916, docente de Física técnica en el Politécnico de Milán en los años que siguieron a la guerra, desaparecido en 1955 sin dejar huella.
Al otro cuerpo no se le ha podido dar un nombre, aunque del diario se puede deducir la hipótesis de que pertenecía a un estudiante cuya familia residía en el apartamento del quinto piso del edificio adyacente.
En efecto, de acuerdo con el testimonio de una anciana señora que desde hace mucho tiempo vive en el condominio en cuestión, hace cerca de cuarenta años se habría verificado el caso de un joven estudiante que desapareció de su casa inexplicablemente. Casi con certeza el episodio ocurrió en el verano de 1957. Las fechas coinciden.
Por cuanto a la autenticidad del diario, ésta queda establecida en una nota escrita del puño de la suicida y que se encontró en la mesa de noche:
"He detenido vuestro tiempo en el momento de la máxima felicidad, pero no he retardado los días que transcurrían para mí.
Ahora es demasiado tarde.
Mi edad ha superado las vuestras, sumadas, mientras vosotros permanecéis eternamente jóvenes.
Me equivoqué.
La perfección del amor no existe.
Rosalía, 21 de junio de 1996."
©1998-2002 Andrea Carlo Cappi
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